Hoy traemos al blog de Lerín es Capital uno de esos artículos que se pueden clasificar tanto en la sección de "Personajes Lerineses" como en la de "Curiosidades Lerinesas", incluso, en el de "Patrimonio Lerinés", ya que un cuadro, una pintura, que se conserva en Lerín, es el testimonio gráfico del suceso que hoy nos recuerda y nos relata con detalle Charo López Oscoz.
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Pedro Ibiricu, el niño que cayó desde la torre y vivió para contarlo (Lerín, 1709)
Cuando miras un cuadro recibes de él mucha información, que se acentúa cuando en vez de un cuadro lo que tienes ante ti es un exvoto antiguo.
Un exvoto es una ofrenda religiosa; un testimonio público de agradecimiento a Dios, la Virgen o los Santos por un favor o un milagro recibido ante una enfermedad o ante un peligro extremo.
Hoy en día es raro verlos ya que en época moderna la mayoría se retiraron de los lugares visibles en iglesias y ermitas, quedando relegados a entornos discretos. Si das con alguno de ellos y los observas con atención te puedes llevar muchas sorpresas. Y no solo porque nos ofrezca un testimonio antiguo de una fe profunda por un hecho singular del que se habló en su día con gran admiración y fe, sino porque en algunos casos nos habla también de hechos históricos cotidianos. Interesantes datos de la intrahistoria local. Y esto es lo que ocurre con este exvoto del que os voy a hablar.
En la antesacristía de Lerín se conserva, casi en silencio, un testimonio singular del pasado de la villa: un antiguo exvoto pintado sobre lienzo que rememora un suceso impactante que ocurrió el día de Nuestra Señora del Pilar del año 1709.
Han pasado más de tres siglos desde entonces, pero la escena continúa mostrándonos con sobriedad unos hechos que se consideraron milagrosos.
El cuadro representa a un niño en actitud orante, mientras al fondo se refleja el episodio que dio lugar a la ofrenda: la caída desde lo alto de la torre de la iglesia hasta la plaza.
El protagonista fue un niño de Lerín llamado Pedro, hijo de Lázaro Ybiricu García y de María Moreno Enciso, nacido el 29 de abril de 1700 en el seno de una familia numerosa.
La inscripción del propio exvoto lo cuenta así:
"Pedro Yviricu yjo de Lazaro Yviricu y Maria Moreno Sucedió que el mismo dia de nuestra Señora del Pilar estando mirando como corrian lo torors desde el alto de la tore cayo ciento i cinco pies de alto y fue Nuestra Señora servida de librarle de tan gran peligro y quedo sano y vueno Año de 1709 en Lerin".
La altura de la caída -ciento cinco pies, aproximadamente treinta y dos metros- hace aún más sorprendente el desenlace. Todo hacía pensar que el niño no podría sobrevivir al impacto. Sin embargo, contra toda lógica, salió ileso.
Este hecho fue interpretado por sus contemporáneos como un milagro, atribuido a la intercesión de la Virgen del Pilar, cuya festividad se celebraba ese mismo día.
Más allá de su dimensión religiosa, el episodio ofrece también una valiosa información sobre la vida de Lerín a comienzos del siglo XVIII. Y es que la escena confirma que en 1709 se celebraban festejos taurinos, y que en ellos participaban toros, no .únicamente reses menores, ¡toros!, lo que aporta un interesante dato sobre la antigüedad de esta tradición local. Además de advertirnos de que era por el Pilar cuando se celebraban entonces las llamadas "fiestas pequeñas".
Podría parecer extraño que un niño estuviera en lo alto de la torre viendo correr los toros, pero es que era mucha la afición local, y como el balcón de la casa parroquial estaba reservado para las autoridades, la chavalería buscaba cualquier espacio libre de altura desde donde poderlos ver: la torre, el alero de la fachada de la casa parroquial, las columnas salomónicas del frontis del la iglesia, incluso "las picas", eran para los mocetes buenos puntos de oteo a los que encaramarse.
Pedro Ybiricu, no solo salió ileso de aquel suceso, sino que siguió su vida con normalidad. Años después, en 1927, contrajo matrimonio con María Alonso Lázaro, formando su propia familia y dejando descendencia. El niño que había caído desde lo alto de la torre vivió, creció y se integró plenamente en la comunidad que había sido testigo de aquel hecho extraordinario.
Hoy, el cuadro del exvoto permanece como memoria tangible de aquel acontecimiento. Más allá de creencias o interpretaciones, constituye un fragmento de la historia de Lerín que merece ser recordado: un episodio en el que se entrelazan la vida cotidiana, la devoción popular y la pervivencia de una tradición taurina que aún hoy forma parte de la identidad de la villa.


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