"LA
ANTONIA SOLANO DICEN QUE QUIERE METERSE MONJA"
(Mª Rosario López Oscoz)
Monja en oración pintada por Sorolla en 1883. Fundación Bancaja
Lerín
se ha caracterizado por haber salido de su entorno un gran número de vocaciones
religiosas. El propio Tomás Yerro venía a decir que Lerín era el pueblo de
España con la renta per cápita más alta de sacerdotes, y campeona en el hit
parade de frailes y monjas. Y es que numerosas hornadas de chicos y chicas
salían cada año de entre sus habitantes para ingresar en conventos o
seminarios. Hoy voy a tratar uno de estos casos. El discernimiento de la
vocación y el proceso seguido hasta su culminación es algo que no suele
trascender del entorno personal o familiar, por lo que contar con documentos
epistolares que lo detallan es una rareza que nos va a ayudar a entenderlo.
Un
ambiente cultural católico en el seno de las familias y en el propio pueblo ha
sido determinante a la hora del florecimiento de vocaciones; hoy en día estos
extremos son escasos pero, como digo, hubo un tiempo en que eran habituales y
lejos de resultar traumático eran motivo de alegría del que todo el pueblo, de
un modo u otro participaba. Tendemos a pensar que la vocación religiosa se
presenta por medio de la seducción, la inducción, o incluso el contagio, pero
esa primera pulsión o conciencia vocacional es algo muy íntimo, a pesar de que
el entorno lo detecta. Por eso no era raro escuchar, incluso entre susurros,
aquello de que, esta o aquella chica, dicen que quiere meterse monja, al
más claro estilo de la canción La hija de don Juan Alba.
Y
esto es lo que le pasaba a Antonia; ella era una chica como tantas de Lerín.
Vivía con sus padres y su hermano Romualdo en el número diez de la calle de la
Marquesa, actual Ramón y Cajal, también llamada del Carbonero. Nos
encontramos a finales del siglo XIX. El padre, Antonio Solano, era un labrador
de clase media que tenía tierras propias y se defendía medianamente en cuanto a
su economía. La madre, Salustiana Moreno, ocupada en las cosas de la casa,
había dado a luz ocho hijos de los cuales solo habían sobrevivido dos, Romualdo
y la propia Antonia. El resto habían muerto al nacer, o a los pocos meses del
alumbramiento. Solo uno de ellos, Julio, llegó a cumplir los veinte meses de
edad.
Foto: calle del carbonero, antiguamente de La Marquesa
Y,
Antonia, tenía vocación religiosa. Responder a esta vocación significaba dejar
a la familia, su ambiente y amigos, su pueblo y su vida, pero se había
decidido. No era fácil decírselo a sus padres, que probablemente contarían con
ella para que les cuidara en la vejez, pero a ella siempre se le había notado
ese deseo de ser monja y, en su casa, si no lo sabían, lo intuían.
Desde
niña había sido muy aplicada y recibió una educación esmerada. Diligente en la
escuela, había aprendido perfectamente la gramática y las cuentas, y sabía
coser y bordar. Era hacendosa y se defendía muy bien con las cosas de la casa. Ahora,
a punto de dar el paso, meditaba su futuro; el hecho de dejar a sus padres y
hermano la desazonaba y la había demorando en la toma de decisión, pero ya
había cumplido los veintitrés años y la cosa no se podía alargar más.
Espiritualmente estaba dirigida por el propio párroco del pueblo, don Bartolomé
Goñi Viguria, un sacerdote de origen alavés, que la escuchaba en confesión y le
aconsejaba en su vocación.
El Lerín de la época
Así
que, después de mucha oración y madurez de conciencia, se había decidió a dar
el paso. Ahora sólo le faltaba elegir un carisma concreto. Su inclinación era
ser monja de clausura y en este punto la encaminó una tercera persona, un tal
don Cesáreo, que le habló del convento de las Clarisas Capuchinas Descalzas en
Gea de Albarracín, en la provincia de Teruel. De modo que Antonia pidió la
dirección del convento y se dispuso a escribir a la superiora, Madre Clara
Llauradó. Esto ocurría un 23 de enero del año 1898; ya habían pasado las
navidades y Antonia pensó que era un buen momento para nacer también ella a la
vida religiosa. Tras llevarlo una vez más a la oración, se sentó, cogió papel y
lápiz y comenzó a escribir:
Lerín,
enero y 23 de 1898
Reverenda
Madre Superiora de las capuchinas de Gea
Muy
Sra. mía y de mi mayor consideración: sintiéndome desde muy niña con ardientes
deseos de abandonar el mundo para servir a N. S. con más perfección, y habiendo
tenido noticias de ese convento por D. Cesáreo, me he fijado en él; y por lo
tanto suplico a Ud. se digne admitirme por una de sus hijas.
Y si
Ud. se digna aceptar mi pretensión, en contestación a ella deseo me mande la
regla de vida para ver si me atrevo a seguirla y demás datos que se necesitan
para realizar mis deseos.
Es
favor que espera de la rectitud y bondad de usted y se lo agradecerá su affma.
S.S.Q.B.S.M.
Antonia
Solano
Firma ológrafa de Antonia
Poco
tardó la superiora del convento de Gea en dar contestación, aportando la
información que Antonia solicitaba. Aquellos debieron ser unos días
ilusionantes para ella y de gran inquietud emocional para toda la familia.
Salustiana no se encontraba muy fuerte, los embarazos y la muerte de seis de
sus hijos le habían hecho mella pero veía a su hija tan contenta que no se
atrevía a objetar nada; la entristecía saber que eso suponía no volverla a ver más, pero, por
otro lado, también le hacía sentirse muy orgullosa de ella.
Antonia
no paraba de dar vueltas al asunto y necesitaba sosiego para meditar el paso vital
que se disponía a dar. La regla de las clarisas descalzas capuchinas era rígida
y exigente: clausura, pobreza, castidad
y obediencia, austeridad total, vida en comunidad, silencio, oración y trabajar
para su sustento. Todo su vida se resumiría en eso: oración, contemplación y
servicio, lejos de los ojos del mundo.
Estos
extremos le hacían dudar de sus fuerzas y lo rezaba continuamente: “¿será
posible que mis débiles fuerzas sucumban bajo el peso de tan estrecha vida y
tenga que, a pesar mio, volver al mundo? No lo permitáis Jesús mío, que en
cuanto esté de mi parte, si Vos me ayudáis no volveré atrás, aunque me fuera
necesario perder la vida y mil vidas si las tuviera”. Y lo hacía en los pocos ratos de sosiego de
los que disponía desde que recibió la carta de la superiora, porque se habían
presentado unos parientes para que los viese el médico del pueblo y se habían
instalado en su casa hasta ver la mejoría, lo que le daba a ella mucho trabajo
y la tenían en un no parar: “es tanto el quiacer que me dan, que no puedo
disponer ni de un cuarto de ora de tiempo”. Y por si eso fuera poco: “mi
madre también está delicada”.
Todo
esto se lo va contando Antonia en una segunda carta a la superiora, y le
reconoce que las condiciones para entrar en la clausura “han satisfecho
altamente mis deseos”. No oculta ser consciente de la rigidez de la regla
pero que lo espera superar “con la gracia de Dios”. En este punto, sabiéndose indefensa, le hace un
guiño a la Madre, “Además, espero hallaré en Uds. cariñosas madres y
solícitas maestras que me enseñarán y corregirán mis defectos con cariño y
amor”. A pesar de esto, aún comparte con ella una íntima inquietud: “¿Será
posible que mis débiles fuerzas sucumban bajo el peso de tan estrecha vida y
tenga que, a pesar mio volver al mundo? No lo permitáis Jesús mío, que en
cuanto esté de mi parte, si Vos me ayudáis no volveré atrás, aunque me fuera
necesario perder la vida y mil vidas si las tuviera”. Y es que, la sola
idea de fracasar la mantenía preocupada: “la cruz más pesada que pueda
enviarme el Señor sería la de entrar en un convento y no poder profesar”,
por tal motivo pide oraciones a la comunidad.
Después
de todas estas reflexiones, pasa Antonia a desarrollar cuestiones más
materiales y humanas. La superiora le preguntaba si sabía de cuentas, labores,
y si estaba acostumbrada a la lectura, y a todo ello contesta Antonia
afirmativamente; también si sabía solfeo, pero solfeo no sabía; no obstante,
apostilla con resolución: “lo aprenderé pronto, Dios mediante, porque tengo
en casa quien me enseñe” (Lástima no saber quien de su casa le iba a
enseñar solfeo).
Tras
confesar que tiene veintidós años (en realidad hacía tres meses que había cumplido
los veintitrés) se dispone a tocar el tema de la dote. Las postulantas a
monjas aportaban a su ingreso en el
convento una cantidad de dinero llamada dote, que garantizaba su manutención
diaria. Consistía en un dinero o conjunto de bienes que la familia aportaba
para poder cubrir los gastos que generaría la profesa, tales como manutención,
los hábitos, la propia ceremonia de admisión, gastos médicos y otros. Es decir,
un dinero que estaba destinado a los gastos individuales de cada monja y que no
lo podía tocar el resto de la comunidad.
Es probable que la Superiora no le dijera una cifra concreta, pero ella
fue clara: “Respecto al dote también le digo que mis padres no pueden dar
más que 4.000 reales, o sea, 200 duros, y en veces, o sea, a plazos, pues
aparte de las cosechas tan fatales que tienen estos años, han redimido de las
quintas este año a mi hermano, único consuelo que les queda si yo me voy ahí,
pues que no somos más familia”. Ese dinero se entregaba al momento de tomar
el hábito, y no extraña que diga de hacerlo a plazos, ya que mil pesetas a
finales del siglo XIX suponía una fortuna, y la economía agrícola dependía,
como ella bien dice, de como habían ido las cosechas, máxime cuando la familia
había tenido que desembolsar recientemente una cantidad que doblaba a la suya
(unos ocho mil reales), para librar de la mili a su hermano Romualdo. Así que
el desembolso por los dos no fue nada despreciable.
La
dote y la educación de la que partía Antonia era una garantía a la hora de
conseguir superar las distintas etapas de formación: postulantado, noviciado,
discernimiento, junionado y profesión de votos solemnes y perpetuos. Si superaba todas ellas ya sería una monja
clarisa capuchina de velo negro (el más alto grado dentro del convento), que no
la eximía de seguir estudiando, en una formación personal y comunitaria, pero
la asentaría en su carisma dentro del convento. De momento daba a la superiora
garantías de que sus padres cumplirían con la aportación económica “En eso
no tengan cuidado que ya los pagarán fielmente”. Solicitando que se le diga
en otra carta la ropa que necesita, se despide formalmente.
Conocido
finalmente todos lo necesario, envió finalmente Antonia toda la documentación.
Esta correspondencia la guardó la superiora, y el día 14 de marzo de ese mismo
año se la envió al obispo de la diócesis para que la revisara y diera en su
caso licencia de aprobación para así poder votarlo también la comunidad: “Le
remito a V.E.I. (vuestra excelencia ilustrísima) esas cartas de las aspirantes
que le dije en mi última. Envío el oficio para que si a V.E.I. le parce dar la
licencia para votarlas el día de S. José; especialmente la de Lerín, deseamos.
Y la de Teruel esperamos a ver su Sra. Madre si se aviene darle su
consentimiento”.
Se
advierte pues que no siempre las familias daban su conformidad a la primera.
Todas
estas cartas se encuentran custodiadas en el archivo diocesano de Teruel, y
nada más sabríamos de si aprobó o no el obispo el ingreso de Antonia, o si lo
votó la comunidad y finalmente ingresó en el convento, pero será el número 23
del Boletín Oficial del Estado quien lo aclare. En su página 1456 y con fecha
23 de enero del año 1962 aparece su
nombre junto con el de otras dos monjas clarisas del mismo convento de Gea de
Albarracín (Rosa Elizalde Landa y Micaela Ferrer Lorent), donde se les aprobaba
una solicitud de pensión de beneficencia o auxilio; a ellas y a un grupo más de
personas de toda España. En ese momento Antonia era ya muy anciana, tenía
ochenta y ocho años.
De
aquella dote que aportaron los padres en su momento ya no quedaría nada, ni
ella estaba ya en condiciones de generar recursos haciendo pastas u otros
menesteres, por lo que se encontraría viviendo seguramente a expensas de la
comunidad, así que la pequeña pensión que ahora le asignaba el Estado vendría a
aliviar de algún modo su circunstancia. Las otras dos monjas se encontrarían en
parecida situación.
Monjas clarisas en el obrador de pastas y dulces. Foto: El
Heraldo de Aragón
¿Y
qué pasó con la familia de Antonia? Pues su hermano Romualdo se casó cuatro
años después de ingresar ella en el convento con una tal Emilia Prada. Este
matrimonio, que tuvo cuatro hijos, se instaló un poco más abajo de la casa
materna, en el número 18 de la misma calle de la Marquesa. Romualdo trabajó de
alpargatero. Sorprende que no siguiera con las tierras de su padre ¿Quiere esto
decir que su redención de quintas y la dote de Antonia supuso para los
progenitores un desembolso inasumible? Probablemente si. Salustiana murió doce
años después del ingreso de su hija en el convento, en el año 1909, a la edad
de sesenta y tres años. Antonio, el padre, murió en 1920 con setenta y tres. Y
también Romualdo murió antes que Antonia; falleció en 1942 a los sesenta y seis
años. De todos estos acontecimientos tendría ella conocimiento a través de
cartas o telegramas, que recibiría con dolor y resignación cristiana al no
poder estar presente, pero su destino estaba ligado a los muros de aquel
convento y su misión era rezar por todos ellos y por el mundo entero.
Monasterio de monjas reconvertido en hotel. Puerto de Santa
María. Cádiz
Como
nota final apuntar que después de doscientos cincuenta años de permanencia de
las clarisas capuchinas descalzas en Gea de Albarracín, las últimas cinco
monjas abandonaron el monasterio en abril del año 2006 para ser acogidas en
otros conventos de su orden. Allí, en esas estancias, entre claustro, pasillos,
salas comunes y su celda, había transcurrido la vida entera de la monja
lerinesa; allí se gastó y desgastó hasta su muerte junto a las otras monjas de
la comunidad a ritmo de oración, plegarias, cantos, el obrador de pastas,
limpieza del convento y la huerta. Y allí descansan también sus restos dando fe
de su paso por la vida.
María
Rosario López Oscoz
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Fuentes:
-Archivo diocesano de Teruel
-Archivo municipal de Lerín
-Boletín Eclesiástico del Obispado de Vitoria número 17. 20,
junio, 1884. pag. 435
-censos de Lerín de los años 1895 y 1911
-familysearch.org
-https://infonortedigital.com/archive/143457/dotes-y-velos-el-obispo-juan-bautista-cervera-y-la-monja-clara-de-san-jose-rojo
- https://www.boe.es/boe/dias/1963/01/26/pdfs/A01454-01462.pdf
Mi
agradecimiento a Carlos Navarro Castelló, que localizó las cartas en el archivo
diocesano de Teruel, y a José Luis Ona González por hacérmelas llegar.
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